lunes 9 de noviembre de 2009

Con permiso…

Noviembre, noviembre

A cabo de caer en la cuenta, otro año que termina… Pues sí, uno que vive en su mundo. Tal cual. Así voy. Por más que la agenda electrónica y el ordenador me avisen de ciertas fechas y plazos, nos las veo hasta que casi me muerden. Otro mes que me pilla Fernando fuera de juego, en la Luna de Valencia, en Las Batuecas, en el Guindo… Aunque os cueste creerlo hoy es 1 de noviembre, y es en este preciso momento cuando estoy escribiendo mi aportación para el boletín municipal. Y no, bien sabe Dios que no es pereza. Es falta de tiempo. Eso ha sido. Ese es el motivo, y no otro, por el que no he podido ponerme antes que hoy a escribiros. Pero mira, las ocasiones las pintan calvas… Hoy día de los Santos y los Difuntos aprovecharé para deciros unas cuantas cosas que hace tiempo que quiero compartir con todos vosotros.

Ya sé que ayer fue Halloween, dicho sea de paso, fiesta que no es nuestra por mucho que la celebremos. Uno, como español castizo, detesta tomar prestadas ciertas fiestas y tradiciones que son del todo ajenas a nuestras costumbres por más que busquemos utilidades u orígenes sean paganos o celtas. Máxime si éstas ensombrecen las nuestras propias, las de siempre, las de toda la vida. Es como pretender llamar a las fiestas de Navidad fiestas de invierno. Ya sé, ya… laicos. Eso dicen estos políticos nuestros. Perdón, los míos no. Sí, mejor, pelillos a la mar… Bueno, a lo que iba. Tradicionalmente en estas fechas, he leído por ahí, se celebra “El respeto a los restos mortales de quienes murieron en la fe y su recuerdo”. Aunque tampoco soy de este “club”, con perdón, para el caso sirve. De siempre, desde que recuerdo, en los días previos a la fecha de Todos los Santos las familias acuden a los cementerios para sanear y engalanar los nichos, las tumbas, panteones y demás. Empiezan barriendo y fregando, continúan sustituyendo las flores secas, coronas y velas e, incluso, hay quien aprovecha para repintar las letras de los rótulos. O, qué sé yo, dar yeso a los desconchones y finalmente terminan echando unos rezos. Ni me gusta ni me deja de gustar, simplemente lo acepto. Respeto y acepto, naturalmente… El panteón de casa, aunque es de puro granito, cada año también necesita de unos mínimos mantenimientos. Aunque eso sí, en honor a la verdad, no sé quién se ocupa de ello. Si es que alguien se ocupa. De llevar flores, el encargado suele ser mi padre y alguna de mis hermanas pero del resto no tengo ni idea. Hace muchos años que estoy desvinculado de esas tareas. Casi tantos como años hacen que mi abuelo se fué. Ya sabéis, cambio generacional. Nuevos “jefes”… Uno se va haciendo a todo, se va adaptando en lo que puede. No queda otra, o te adaptas o te mueres de pura pena. Y hablando de morir, cuando llegue mi día dentro de muchos años…, —cuando Dios quiera—, aunque lo tengo escrito aprovecho para decirlo por aquí. Me gustaría que mis cenizas se repartieran por los cuatro puntos cardinales del pueblo que me vio crecer e incluso, como no podía ser de otra manera, en el bosque de Valdelicea que tantas satisfacciones me ha dado en los últimos años. Sí, así es. Ahí es donde quiero estar, entre vosotros. Bien entendido puesto que esas cenizas ya no serán “yo”, únicamente serán las cenizas de mi cuerpo. Y aquí llegamos al punto difícil, al más difícil todavía… Y ojo, no es que me vayan las polémicas por si alguno piensa que hoy estoy peleón. Es simple y llanamente que yo soy así. Digo y me expreso como lo pienso y lo siento. Os lo explico brevemente, y disculpar si me pongo un poco metafísico pero es la única forma que tengo de explicarme para que lo entendáis mejor. Siempre he sentido que yo no soy mi cuerpo, tan sólo vivo o habito en él. Mi espíritu, mi alma, mi energía, mi aliento… es quien hace que mi cuerpo sea, piense, razone, se exprese como lo que soy. Es decir, tal y como me veis o conocéis. Por tanto, siguiendo con la teoría, cuando yo muera será mi energía la que abandone el cuerpo. Siempre se ha dicho: “perdió el aliento” o “su aliento se fue con el último suspiro”… Por consiguiente el caparazón, por así decir, será el que enterréis o incineréis. Como bien se encargó de explicar Einstein: “La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”…

Como algunos de vosotros sabéis, bien porque me conocéis mejor o porque me leéis en otros sitios, desde hace unos cuantos años me dedico a ayudar a gente que pasa por estos dolorosos procesos que competen al duelo en toda su extensión. Y entendámonos, no sólo por la muerte de un ser querido uno puede estar en duelo. Hay muchos tipos de duelos pero hoy no hablaré de este tema. De lo que sí quiero hablar es de cómo se representa en muchas culturas el transito de la muerte física a la otra vida, a la espiritual, a la no-física. Se simboliza mediante la metamorfosis de una mariposa. En otras palabras, es la Naturaleza la que habla. En efecto, es la evolución o transformación de los cuerpos: El capullo de la oruga se rompe para dar paso a la mariposa… De ahí procede esa sensación que siempre he tenido de no sentirme nunca solo por los que se fueron. Sé que de una u otra forma están en mí o conmigo todos aquellos que tanto quise, amé y me amaron. Como igualmente están todos los que nos precedieron.

Por ese motivo, entre otros, entenderéis que deteste la fiesta de Halloween tal y como la conocemos hoy en día. Entre otras cosas porque hemos sustituido nuestros autóctonos melones por las calabazas y, por lo demás, se ha desdibujado la esencia primitiva. Se trataba de asustar a los malos espíritus, no a todos los espíritus. Vamos, dicho de otra manera: Cómo voy a sentir miedo por el espíritu o la energía de las personas que tanto he querido y que ya no están entre nosotros. Y por otro lado, qué pensáis, que no tienen otra cosa mejor que hacer que volver para asustarnos… ¡Sed felices!

© Manel Marina, para DeValde. Noviembre 2009